6 sept. 2013

Maravillas del mundo

24 horas sentada en un mismo asiento, con las incomodidades habidas y por haber, que los pibes caminen por el pequeño pasillo del micro de una punta a la otra y que te empujen o se te apoyen en tu apoya brazo cuando intentas dormir,  te hace pensar que tu viaje arrancó alterado, cansador, pero todo parece desaparecer cuando llegas a un mundo que es casi imposible de creer que esté en el mismo planeta que el tuyo.
Lago Gutierrez, Bariloche, Río Negro.

Junto con mi grupo de campamento empezamos nuestro viaje  con un tracking por montañas, y más adelante por otro. Caminamos en total más de 32 km por ellas, y no voy a mentir, una de los trackings la pasé muy mal, casi al punto de querer parar y no seguir más, pero me contuve y seguí adelante. Menos mal, porque si no lo hubiese hecho me hubiese arrepentido muchísimo porque después de la larga caminada, me encontré con otro paraíso inolvidable:

  Creo que no hace falta describir lo que la imagen transmite por sí sola. 
Atrás, más adentrando por los bosques montañosos, con un pequeño grupo acampé junto a una mini cascada, armamos para hacer una fogata, una mesa de cañas para apoyar la comida y una carpa y un refugio para pasar la noche. Ignorando todo lo que fue en el día, al caer la noche la cosa se puso más interesante. No hace falta decir que estando en el medio de un bosque, no había luz salvo la que nos daba nuestra fogata y un par de linternas; los árboles estaban tranquilos y no había casi nada de viento, sólo se escuchaban nuestras voces y la música de fondo que generaba las aguas andantes que caían hacia el lago. Cuando necesité de la soledad, agarré una linterna y me fui a caminar sola para recorrer un poco por donde a la tarde había pasado. Empecé mi camino e inmediatamente me sentí desorientada, completamente perdida, no me acordaba de nada sin embargo seguí mi camino hasta encontrar otro grupo de amigos con quienes me quedé un rato y me volví a mi refugio. Al regresar ya casi medianoche, me dije que no iba a haber nada interesante, hasta que llegaron los coordinadores para preguntar si queríamos ir a ver las estrellas en la playa. Fui la primera en decir que sí con una exagerada pero sincera emoción. La playa de noche de por sí es preciosa, pero esta vez sobrepasaba cualquier cosa. El cielo estrellado en mi opinión es una de las vistas más preciosas que podemos ver, y más estando en ese lugar acostada sobre las rocas en silencio y escuchando únicamente cómo el agua pegaba en las rocas, con el cielo despejado, parecía que el alma se había separado del cuerpo y había viajado por el universo. Eso sentí yo. 

Another day hicimos otro tracking para ir a la nieve. Esa vez fue más tranquilo que el anterior aunque más largo. No sé por qué pero la nieve no me llama tanto la atención. Amo el frío y mi estación favorita es invierno (junto con primavera), y admito que el paisaje con nieve se disfruta mucho, sin embargo, llega un momento que me cansa porque me siento mojada, sucia e incómoda, y lo único que deseo en ese momento es estar dentro de una cabaña con chocolatada caliente y unas facturas para acompañar.
Lo más interesante fue cuando hicimos un pequeño tracking acompañados por una guía que nos explicaba por el camino la situación de los árboles, las especies y lo que producía el clima a estas. El camino estuvo entretenido porque no sabías con qué te ibas a encontrar en el suelo ya que, a medida que subíamos, la nieve era cada vez más virgen y por lo tanto, jamás se había caminado por ella. En consecuencia, cada vez que daba un paso era una caída profunda de pierna entera, y la única manera de salir era arrastrándose para luego levantarse y caerse nuevamente. Así la mitad de camino hasta llegar a la cumbre.
  
 Ahí los coordinadores nos hicieron escoger un lugar para sentarnos y nos dieron unos minutos para sentir ese momento. Y en esos pocos minutos sentí una explosión de sentimientos particulares. Sentí paz, libertad, tranquilidad, me sentí poderosa por estar en esa cima; sentí la soledad y cómo mi alma se expandía por todo ese lugar; también me sentí una hormiga en un gran mundo, cómo me paso renegando a veces de la vida cuando la vida me da la oportunidad que conocer estas cosas, me abrió la cabeza por completo. 
No quería volver, quería quedarme ahí por siempre, sentada, conectándome con la naturaleza, hacer tantas cosas... vivir de esa manera debe ser una experiencia hermosa, y quisiera que yo pudiera vivir así. No me importa las luces de la ciudad, ni el capitalismo que nos empacha todos los días, no me importa para nada cuando hay un mundo así por vivir, que te da más cosas que lo material, que te regala luz y sentimientos únicos, daría lo que sea por vivir fuera de la sociedad, del centro urbano, de poder tener mi propia cabaña o casita humilde y levantarme todos los días con un regalo de la naturaleza, y junto con mi familia, eso, sería mi mayor meta, pero se necesita mucha voluntad de uno mismo para poder llegar a eso, y espero con todo el corazón que yo la mantenga. 

Un campamento inolvidable, nuevas experiencias adquiridas y recuerdos que jamás olvidaré. 
Pero de algo estoy segura: volveré.

No hay comentarios :

Publicar un comentario